Delhi, primera vez

Delhi | 15 – 17 Enero 2020

(English below)

Ruido, caos, olores fuertes, empujones, suciedad, tráfico, humo, perros, frío, niebla… Colores olvidados, sabores que despiertan el alma, texturas, sonrisas robadas y oasis escondidos en los que una se baña en una calma añorada. 

Los tres días en Delhi fueron, ante todo, jaleo. Aterrizamos cansados y fuimos a parar a un hostal que, a pesar de tener muchas ventajas (cambio de moneda bueno, tarjetas sim, ayuda a la hora de reservar tickets y visitas), era un lugar frío y oscuro. Nos dispusimos a explorar la ciudad desde el minuto uno, perdiéndonos por sus callejuelas, visitando la Fortaleza Roja, el bazar de especias, la tumba de Humayun y el templo de Akshardham (un parque de atracciones, más que templo). El metro se convirtió en nuestro mejor aliado, a 20-30 rupias el viaje, nos movíamos por la inmensidad con libertad, sin prisas. Paseando en el caos, encontramos rincones de calma: la librería Sikh en Chandni Chowk o el patio de la mezquita Fatehpuri Masjid; ambos cerca del bazar, ambos ofreciéndonos un recuerdo de que hasta en la tormenta más bestia existen lugares donde uno puede refugiarse.

El templo del Loto, uno de los muchos construídos por la comunidad Bahai, es un espacio mágico. Según nos contó una voluntaria, los bahais apoyan una religión que invita e incluye a todas las demás, este sistema pretende unir al planeta Tierra y a sus habitantes, y se centra en las similitudes, y no tanto en las diferencias. Estuvimos en el templo una media hora. El espacio es un lugar abierto, acristalado, valiéndose solamente de luz natural, con decenas de bancos dispuestos en un semicírculo. Me senté en un banco, y cerré los ojos. Tuvimos la suerte de estar presentes durante una de las cuatro oraciones diarias: una combinación de cantos y rezos de distintas religiones y creencias, salpicados por el eco de los pájaros que volaban por dentro y por fuera, entrando y saliendo a través de los pétalos del techo del templo. Después, silencio, paz. De repente, sin esperarlo, el templo entero fue sacudido por truenos y poco después, el sonido de la lluvia. Sentías la vibración en el cuerpo y en el espacio; fue un momento muy especial.

La comida es increíble. Los días en la gran ciudad los navegamos con cuidado, siguiendo el consejo generalizado de no comer street food y limitarnos a restaurantes. Aún así, disfrutamos como niños de todo lo que probamos: chole bhature para desayunar (garbanzos en salsa picante acompañados por pan blando inflado, un plato típijo de Punjab), dosas (una especie de crepe crujiente típica del sur de la India), chana masala (cocido cremoso de garbanzos) con mucho (nunca suficiente) garlic butter naan con … Toda la comida que hemos probado me parece comfort food. Te alimenta el cuerpo pero sobretodo el alma. Karan, el amigo de Belén, nos hizo un tour local que no olvidaremos: desde el barrio de Hauz Khas, cena en Gulati, New Delhi, donde probamos un increíble dhal makhana (mezcla cremosa de lentejas, judías rojas, mantequilla y crema), y paneer koftas, acabando en Gurdwara Bangla Sahib, un templo sikh que da de comer a +25,000 personas cada día de manera gratuita y gracias a cientos de voluntarios. Visitamos las cocinas, donde las ollas eran tan grandes que uno podría hasta bañarse en ellas.

Dejamos Delhi atrás con ganas, la noche del 17, en un sleeper bus (en lugar de asientos, camas) dirección Rishikesh.

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EN

Noise, chaos, strong smells, jostling, dirt, traffic, smoke, dogs, cold, fog… Forgotten colours, flavours that awaken the soul, textures, stolen smiles and hidden oasis where one baths in a longed for calm.

The three days we spent in Delhi were pretty crazy. We landed feeling tires and ended up in our hostel which, despite having many advantages (fair exchange rates, support in getting a local SIM card and booking tickets and tours), it was a cold and dark place. We decided to explore the city from the minute we arrived though, getting lost in the narrow alleys, visiting the Red Fort, the spice market, Humayun’s tomb and the Akshardham Temple (more of an amusement park, than a temple, really). The underground metro became our best ally, at 20-30 rupees the ticket, we would travel through the inmensity of this city with freedom, no rush. We wandered around in the chaos, finding small pockets of quietness: the public Sikh library in Chandni Chowk or the Fatehpuri Masjid (mosque) patio; both next to the bazaar, both offering a reminder that even in the most brutal storm lie placed where one can seek refuge.

The Lotus Temple, one of the many built by the Bahai community, is a magical space. From what a volunteer told us, it seems as if the bahais promote a religion that invite and includes all other ones. This system aims to unite the planet and its inhabitants, and focuses on similarities among them, and not so much on the differences. We spent about half an hour in the temple. It is a big spacious room, the walls are made of glass, using only natural sunlight to lit up the temple, and there are hundreds of long wooden benches placed in a semicircle. I sat down on one of the benches and I closed my eyes. We were lucky to be present during one of the four daily prayers: a combination of songs and prayers from different religions and belief systems, accompanied by the echo of the birds that fly in and out, entering and exiting the temple through the roof petals. After that, silence. Quiet and peaceful. Then, all of a sudden, without expecting it, the whole temple was shaken by thunder and, shortly after, by the sound of the rain. You could feel the vibration in your body and in the space around you; it was a very special moment.

The food is delicious. The first days in the big city we were slightly more cautious, following the generalised advice to not eat street food and to limit ourselves to restaurants. We still enjoyed food and tried many different things: chole bhature for breakfast (chickpeas cooked in a spicy sauce, with a soft airy bread on the side, typical from Punjab), dosas (a type of crispy crepe typical from the South), chana masala (chickpeas cooked in creamy gravy) with a lot (there’s never enough) of garlic butter naan. All the food we have tried so far is comfort food, really. It feeds the body but, most of all, the soul! Karan, Belén’s friend, gave us a tour that we will never forget: we visited the Hauz Khas neighbourhood, then had dinner at Gulati, in New Delhi, where we tried a gorgeous dhal makhana (creamy lentils and red kidney beans, cooked with butter and cream) and paneer koftas, finishing at Gurdwara Bangla Sahib, a Sikh temple that feeds +25,000 people a day, for free, and thanks to the work of hundreds of volunteers. We visited the kitchen, where pots were so big that one could bathe in them.

On the night fo the 17th we left Delhi behind happy, to be moving on, hopping on a sleeper bus (instead of seats, there are beds), heading towards Rishikesh.