Panjim, despacito y en color

Panjim | 28 – 30 Enero 2020

(English below)

Calma, colores, sol y calor. Esta antigua colonia portuguesa es la capital de Goa, ciudad pequeña, tranquila, poco turisteada. Desde el momento en el que pisamos la calle, me sentí a gusto. 

Nos alojamos en Caravela Homestay, una pequeña casa de huéspedes en pleno barrio latino, llevada por Carlos, un hombre de unos 70 años, local, amable, profesional y experto en hacerle a uno sentise cuidado. Por sus preguntas, su manera de anticipar las necesidades, su atención y manera de escuchar, nos sentimos muy a gusto desde el principio. La especialidad de la casa es el café, tostado por ellos mismos, los pasteles y otras pastas dulces. A lo largo del río Mandovi, cerca de la desembocadura, hay casinos y tiendas donde venden licor. Los impuestos aquí en Goa son más bajos que en otros lugares, y se nota. Sobretodo viniendo de Rishikesh, donde ya me había olvidado que existe la cerveza. Y qué bien sienta una cerveza fría, en un bar a pie de calle y en plena noche calurosa.

En esta ciudad los edificios han sido renovados, pintados. Verde, amarillo, azul, blanco, rojo… Hay menos pobreza aparente y menos animales deambulando por las calles. El ambiente es isleño y pausado; es contagioso. Las calles están repletas de murales y arte callejero. La gente está relajada, es amable, lleva otro ritmo, sonríe más, parece tener más tiempo y menos prisa. Nos encontramos a dos fans del Liverpool, un chico de unos 20, un niño de unos 5. Yo no entiendo de fútbol ni de pertenencia, pero me hace sonreír cuando Ben descubre a otro Liverpootlian; es un encuentro inesperado (aunque él diga que India está lleno de ellos), y recomfortante. Poder compartir algo con alguien en la otra punta del planeta, sin conocerse, sin compartir idioma o cultura, sin haber nacido en el mismo país.  Somos más parecidos de lo que pensamos. A veces me pregunto qué pasaría si el mundo actualizara sus fronteras, si las editara, o borrara.

Al lado de casa las callecitas son prácticamente peatonales. En nuestra misma manzana está Hospederia Venite, una casa-bar-restaurante con aires bohemios, que te transporta a una especie de Cuba portuguesa: sentados en un balcón diminuto que daba a nuestra calle, bebiendo vino de Oporto al ritmo de música caribeña por la noche o sorbiendo té muy lentamente, al compás de acuarelas. Podríamos estar en cualquier lugar. 

Estuvimos dos días paseando, comiendo en pequeñas cantinas que nos llamaban por su capacidad de atraer a locales, como Vihar Anmol o el Café Aram: saboreando más dosas, thalis, chana masalas, masala chais… O bebiendo cerveza local y gin casero en el Joseph’s. Aquí es donde el tiempo empezó a bajar revoluciones, empezamos a relajarnos un poco y a sentir que hacer no es tan importante y que quizá estamos de vacaciones y podemos disfrutar un poco de todo esto. ¿Volvería? Sí!! 

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(EN)

Calm, colours, sun and warmth. This old Portuguese colony is the capital of Goa. A small, quiet and less touristy town. From the moment we hit the street I felt at ease here.

We stayed at Caravela Homestay, a quaint guesthouse in the Latin Quarter, managed by Carlos, a 70-year-old local, who happened to be very professional and an expert in making one feel at home. From his questions and his ability to anticipate needs, his attention and focus when listening, we felt really comfortable and taken care of from the beginning. The house speciality is coffee, which they home roast, cakes and sweet pastries. Along the Mandovi river, close to its mouth, there are casinos and liquor stores. Taxes on alcohol are lower in Goa than in other regions, and you notice that when you’re here. Especially coming from Rishikesh, where I’d almost forgotten that beer existed. And how nice it is to have a cold beer at a bar, in the street, during a warm night…

In this town, buildings have been renovated, painted. Green, yellow, blue, white red… There is less apparent poverty or animals in the streets. The atmosphere is very island-like and relaxed; it’s contagious. The streets are full of street art. People seem relaxed, are polite, they beat at another rhythm, smile more and seem to have more time and rush less. We bump into two Liverpool fans, a 20-year-old local guy and a 5-year-old kid. I’m not familiar with football nor the feeling of belonging that most followers will describe towards their teams, but it makes me smile when Ben stumbles upon other Liverpootlians. These are unexpected encounters (despite him thinking that India is full of Liverpool supporters) and it’s somewhat comforting. To be able to share something with another person, standing on the other side of the world, away from home, without knowing each other, without sharing language or culture, nor having been born in the same country. We are more similar than we believe to be. Sometimes I ask myself what would happen if the world updated its borders, edit them, or perhaps erase them.

Next to where we are staying the streets are practically pedestrian-only. In our block stands Hospederia Venite, a house-bar-restaurant with bohemian air, it transports you to a sort of Portuguese Cuba. At night, we sit on a tiny balcony that looks down on our street, drinking Port wine, listening to Caribbean music; in the afternoon, we do the same, but we sip on some hot tea, very slowly, to the beat of watercolour and books. We could be anywhere.

We spent two days wandering the streets, eating in small canteens that we were drawn to because of their ability to attract the locals, for example Vihar Anmol or Café Aram; savouring more dosas, thalis, chana masalas, masala chais… Or drinking craft beer and homemade gin at Joseph’s bar. Here is where time started to slow down, we gradually began to relax a little more and become comfortable with the realisation that perhaps doing is not that important, that maybe we are on holidays and that, just maybe, we could start enjoying this a little bit more. Would I go back? Yes!!