Rishikesh, what is happening?

Rishikesh | 18 – 28 Enero 2020

(English below)

Estos diez días en Rishikesh me han servido para aterrizar, mentalmente, y despacito, en este país de contrastes y colores. 
No teníamos planeado venir aquí, pero Gemma lleva unas semanas instalada en esta ciudad sagrada, y era una oportunidad para conocer el lugar con alguien que ya está más familiarizado. Rishikesh se encuentra en el estado de Uttarakhand, a unos 240km de Delhi. Para los turistas, existen dos zonas: Rishikesh Market (zona baja, centro de la ciudad) y la zona de los Jhulas (puentes colgantes), que cruzan el Ganges. Es en esta última donde pasamos la mayor parte del tiempo, ya que ahí está la zona de Swarg Ashram, donde se encuentran la mayoría de templos y centros espirituales. Laxman Jhula es el puente de arriba, Ram Jhula el de abajo. La primera noche dormimos en Laxman, en un hostal, con la intención de encontrar un alojamiento más “fijo” y barato para los siguientes días. 

Llegamos a las 6 de la mañana y, tras dejar las cosas en el hostal, decidimos pasear por la ciudad. La falta de sueño nos guió al cabo de unas horas de vuelta al hostal donde, tras un intento de practicar en el terrado, nos dimos por vencidos y caímos rendidos en la cama de la habitación. Al despertar, fuimos a comer a Ram Jhula con Gemma, al Parmarth Niketan – lugar donde volvimos prácticamente cada día a la hora de comer: bottomless thali por 70 rupias. Aunque ‘thali’ significa plato, en hindi, suelen ser “platos combinados”, una comida completa. El thali del Niketan solía venir con arroz blanco, chapati (pan de trigo ligero, fino, flexible), un dal (cocido de lentejas), un curry más sabroso y una mezcla de verduras. Ahí, Gemma nos contó sobre sus experiencias, la vida en Rishikesh, clases, profesores… Gracias a sus recomendaciones, fuimos a preguntar a su complejo (Ganga Niwas) y nos ofrecieron una habitación limpia, con terraza y mirando al río, por 600 rupias la noche (unos 6-7€). Decidimos quedarnos una semana.

Ahí creamos una rutina y creo que eso nos ayudó a aterrizar. Cada mañana, a las 8, andábamos hacia la clase de Surinder Singh con las chicas. Meditábamos media hora y a las 8:45h empezaba su clase, hasta las 10:30h. Ben se iba a desayunar al Office (peanut butter toast) y yo me compraba un yogur (curd, o dahi) y me lo zampaba tan a gusto sentada al solete, acompañado de plátano, kiwi, manteca de almendra y cerales. Dos veces le acompañé en su desayuno, y gocé como nunca de un nutella-banana toast, preparado con mucho amor por Sana, una chica muy dulce y con ojos brillantes. La mañana pasaba volando siempre, leyendo, jugando a Quoridor, planeando próximos destinos o lavando ropa a mano con nuestra pastilla por 10 rupias (también podías llevar la ropa a lavar a un patio, a 20 rupias la pieza). A veces comíamos en el Niketan, y a las 15h yo me dirigía al Pankaj Music School, donde cada día tenía clase de canto y harmonio con Sapna. Al acabar, caminaba 5 minutos hasta el centro de Usha Devi, donde a las 18h teníamos clase con ella y otros +50 estudiantes.

Esos días, si hacía sol, se estaba fenomenal. Si estaba nublado, uno tenía que ponerse varias capas, hacía frío, sobretodo en la habitación. Nos compramos un calentador eléctrico por 350 rupias, muy ñigui ñogui pero hizo su función (la mayoría de los días). La ducha… qué decir. Descubrí la técnica de ducha con dos cubos, uno grande y otro pequeño, y acabé disfrutando mucho de las duchas calientes antes de irme a dormir. Agua caliente es agua caliente, da igual en qué formato. La electricidad viene y va. En las clases de Usha, de repente nos quedábamos sin luz y nos entraba un ataque de risa a todos, ya que sabíamos que estábamos aguantando la postura pero a la vez, tan tentados a relajarnos durante esos segundos (o a veces minutos) de oscuridad. 

Las calles están llenas de animales: perros, vacas, monos… Los perros son zombies durmientes durante el día, guerreros callejeros por las noches. A partir de las 22h se recomienda no deambular solo ni por callejuelas oscuras, los perros se vuelven territoriales y mejor no estar cerca cuando eso ocurre. Las vacas caminan muy lentamente, se paran y se quedan quietas durante laaargos minutos; y pasan hambre – a veces las ves comer papel de periódico o cartón, y si llevas algo de papel en la mano, te siguen. Los monos están siempre al tanto y, si te descuidas, te saltan encima y les das bastante igual. Un día de poco sol, lo pude comprobar de primera mano. En lugar de sentarme a la entrada de nuestra habitación, como siempre, me puse a desayunar en la terraza que da al Ganges, dejando la puerta que da a nuestra habitación abierta. Al entrar a cortar más plátano y kiwi, me encontré que un mono adulto con media cara desfigurada se había colado fácilmente y estaba remenando en mis cosas y llenándose las manos de plátanos. Al gritarle, ni se inmutó y, a paso lento y elegante, salió de nuestra habitación, se colocó delante de nuestro balcón y se puso a zamparse los plátanos. 

Esta ciudad es vegetariana, por lo que todo es “pure veg” (vegano + lacteos), aunque en algunos sitios también te sirven huevos. Las porciones son grandes, demasiado y todo, según donde vayas.  El alcohol y las drogas no están permitidas tampoco, al ser una ciudad considerada sagrada. Además del thali de Niketan, muchas noches cenábamos con Gemma, Rochelle, Belén, Alba y alguna persona más. Aloo gobi, palak paneer, aloo catpate, malai kofta, kitcharis, thalis para caerse, hamburguesas vegetarianas… No podemos quejarnos. En las tiendas del día a día venden agua, galletas, tahini y manteca de frutos secos, yogur, queso, pan, frutos secos y mucho más. Algunos cafés dan al río y las vistas alimentan igual o más que la comida, que por si sola nos hacía cerrar los ojos y dar gracias por estar vivos: Rooftop Café, el Ayurvédico, Frog, Beatles’ Café… La ciudad también está repleta de “German bakeries” donde venden croissants, pastas de nutella, galletas y otras guarrerías industriales ricas.

Las clases de yoga, muy diferentes a nuestra experiencia en casa. Surinder es dulce y muy cálido dando clase, corrige como un director de orquestra y su estilo es Hatha clásico. Al final de sus clases, hay 5-10 minutos de satsang en los que una persona hace una pregunta y él responde de manera discursiva. Una de las cosas que más destaca es la idea de rendirse, aceptar y ser amables con nosotros y los demás. Usha es más dura, en apariencia. Sus clases están dirigidas a estudiantes de práctica avanzada y el nivel de exigencia es alto. Su especialidad, Iyengar es un estilo muy técnico, intenso, se profundiza mucho en cada postura. Algunas clases eran demasiado para mí, pero puedo decir que, en una semana, me he esforzado, he aprendido y mejorado. Creo que Usha nos tenía algo de cariño a Ben y a mí, y cuando uno de los dos faltaba a clase o no nos veía, le preguntaba al otro “where is your friend?”. Las clases de canto me crearon reticencia los dos primeros días, y luego iba con muchas ganas de entrenar la voz, dejarme ir y fluir. La vergüenza de usar mi voz se está disolviendo poco a poco. A medida que me enfrento a ello y pienso menos, disfruto más. Me encanta cantar, me siento bien, a gusto. En cada clase, practicamos ejercicios de calentamiento. El foco es la voz, no el harmonio; este último apoya y da soporte a la voz, y no al contrario. En las tres últimas clases, Sapna me enseñó dos mantras: Shivoham y Durga Kali. Aunque como profesora no diría que muestra una gran vocación ni destaca por explicaciones iluminadoras, disfruta cantando y le divierte enseñar. Las clases culminaron con el concierto semanal de los domingos que organiza la escuela, donde varios estudiantes con experiencia comparten su amor por el sonido, el canto y la música clásica. Durante el concierto, nos sentamos unas 20 personas a disfrutar con los ojos cerrados, del sonido de canciones Sufis, el harmonio, la tabla y el zitar.

Algo que estoy empezando a comprender es que la experiencia está siempre conmigo, y no en otra parte, como a veces siento. A menudo anhelo ver o estar en muchos sitios, visitar ese lugar o comer tal plato. Quiero hacer hacer, más y más, sin darme cuenta que no hay mejor lugar o momento que aquí y ahora. Esto, que suena tan lógico y simple, se me hace increíblemente difícil. Creo que parte de aprender a fluír es bajar una o dos marchas, andar más despacio, saborear mejor, soltar expectativas e ideas de perfección, rendirse a la vida, abrirse a las posibilidades, ser más amable… un poco de tó, vaya.

De Rishikesh, me quedo con la luz rosa naranja dorada de las tardes, la gente dulce y acogedora que conocimos, y la sensación de estar en casa.
Próximo destino: sur, playa y calor!

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EN

These ten days in Rishikesh have been useful for me to land, mentally and slowly, in this country of contrast and colours.

We hadn’t planned to come here, but my friend Gemma has been in this sacred city for a few weeks already, and this was an opportunity to know a place with someone who is already familiarised with is. Rishikesh is located in the Uttarakhand state, around 240km north from Delhi. For tourists, there are two main areas: Rishikesh Market (the lower area, city centre) and the Jhulas (hanging bridges), which hang over the Ganges river. It is in this last area where we spend most of our time, as here you can find the Swarg Ashram, where most of the temples and spiritual or yoga centres are. Laxman Jhula is the upper bridge, Ram Jhula is the lower one. The first night we slept close to LAxman, in a hostel, with the idea in mind of later finding a more “fixed” and cheaper accommodation for the following days.

We arrived at 6am and, after leaving our bags at the hostel, we decided to go for a walk around the city. The lack of sleep though guided us back to the hostel after a couple of hours and, despite trying to practice some yoga on the rooftop, we gave up and ended up completely passing out on our bed. When we woke up, we headed off to Ram Jhula, where we were to have lunch with Gemma, at Parmarth Niketan – a place we would go back to almost every day during the time we were there. Here, they serve bottomless thali for only 70 rupees. Although thali means plate in hindi, this is usually a full meal. The Niketan thali usually came with steamed rice, chapati (wheat flat, flexible bread), a dal (lentil stew), a flavourful curry and a mix of vegetables. During that first lunch, Gemma told us about her experiences and what life in Rishikesh is like, the yoga classes and the teachers… Thanks to her recommendations, we were able to find a place to stay in her complex (Ganga Niwas), where they offered us a clean room, with a balcony overlooking the river, for 600 rupees a night (roughly 6-7€). We decided to stay for a week.

We built a routine, and I think this helped us land properly. Every morning, at 8, we walked to Surinder Singh’s class with the girls. We meditated for 30 minutes and at 8:45am the class would start, finishing at 10:30am. Ben usually went to the Office café for breakfast (and ordered peanut butter toast). I normally bought yoghurt (curd, or dahi) and I happily ate it under the sun, with banana, kiwi, almond butter and cornflakes. Twice I went to the Office for breakfast with him, and enjoyed a nutella-banana toast, prepared with love by Sana, a sweet girl with bright eyes. The mornings always went by real fast. We would read, play Quoridor, plan our next destination or handwash some clothes with a soap bar that cost us 10 rupees (you could also take your laundry bag to a patio, and pay 20 rupees per piece). Sometimes we had lunch at Niketan and, at 15h, I would say goodbye and walk to Pankaj Music School, where I had daily singing and harmonium class with Sapna. When finished, I walked 5 minutes to Usha Devi’s centre, where she would be teaching class at 18h to +50 students.

When the sun shined, it felt nice. When cloudy, you had to bring out the layers of clothes, it was cold, especially in our room. We bought one of those (shitty) electric heaters for 350 rupees, it fulfilled its purpose (for the majority of the days) and it helped. The shower… what can I say. I discovered the two-buckets shower method, a large one and a small one. I ended up enjoying the hot showers before bed. Hot water is hot water, whichever way it comes in. Electricity comes and goes in some cities in India. During Usha’s classes, we would suddenly find ourselves in the dark, and we would all burst out laughing because we all knew we were holding the pose but, at the same time, we were so tempted to just relax during those seconds (or sometimes minutes) of darkness.

The streets in Rishikesh are full of animals: dogs, cows, monkeys… Dogs are sleepy zombies during the day, street warriors at night. From 22h onwards, it is recommended not to wander around alone, especially in dark narrow alleys. Dogs become very territorial and it’s better not to be around when that happens. Cows walk so slowly. They stop and stay very still, sometimes for long minutes. And they starve too – at times you see them eating newspapers or cardboard and, if you carry paper in your hands, they follow you. Monkeys are always paying attention, looking out for food and, if you get distracted, they might jump on you, they don’t really care much. On a cloudy day I was able to check this first hand. Instead of sitting next to our bedroom foor, like I usually did, I decided to have breakfast in the balcony, facing the Ganges and leaving the door to our room open, to let some air in. I decided I wanted more banana and kiwi, so I walked into the room, just to find a large adult monkey going through my stuff and filling his hands with bananas. When I screamed at him, he barely flinched and, with graceful and elegant moves, he walked out of the room, sat in front of the balcony and went about eating all the collected bananas.

This city is vegetarian, so everything is what they call “pure veg” (vegan + dairy), although you do get eggs in some places too. Portions are big, sometimes too big, depending on where you go. Alcohol and drugs are not allowed either, since it’s considered to be a sacred city. Besides our regular Niketan lunches, we would go out for dinner with Gemma, Rochelle, Belén Alba and a few other people. Aloo gobi, palak paneer, aloo catpate, malai kofta, kitcharis, delicious thalis and vegetarian burgers… We can’t complain. In the local provision store you could buy water, cookies, tahini and other nut butters, yoghurt, cheese, bread, nuts and so much more. Some of the cafés have terraces overlooking the river, their views feed you as much or more than the food, which was sometimes so good that it would make us close our eyes and be grateful we are alive: Rooftop Café, the Ayurvedic, Frog, Beatle’s Café… The city is also full of “German Bakeries” where they sell croissants, nutella pastries, cookies and other sweet unhealthy delicious treats.

The yoga classes were quite different from our experience back home. Surinder is sweet and warm when teaching, he corrects like an orchestra director would (subtle and precisely), the yoga he teaches is a classic Hatha style. At the end of each class, there are 5-10 minutes dedicated to a brief satsang, where usually a person asks a question and he replies in discourse mode. One of the things that he talks about often is the idea of surrendering, accepting and being kinder to ourselves and others.

Usha is tougher, in appearance. Her classes are aimed towards advanced practitioners and so the expected level of practice and technique is high. Her speciality, Iyengar, is a very tefchnical and intense yoga style, which goes very deep in each pose. Despite some of the classes feeling like too much for me, I can say that, in a week’s time, I put effort, learnt and improved. I have a feeling Usha had warm feelings towards Ben and me. When one of us would miss a class or place our mat away from each other (so she didn’t see us together), she would ask one of us “where is your friend?”.

As for singing, I was a little reluctant to going the first two days. On day three, that feeling went away and I was excited to go and train my voice, let go and just flow. The usual shame that I feel is gradually dissolving. The more I confront it and the less I pay attention to my thoughts, the more I enjoy it. I love singing, it feels good, it feels right. In each class, we warm up the voice, thoroughly. The focus of the classes are the voice, not the harmonium. The latter gives support to the voice, and not the other way around. During the last three classes, Sapna taught me two mantras, or songs: Shivoham and Durga Kali. Although, as a teacher, I wouldn’t say she has a strong vocation nor enlightens me with her answers when I have questions, she enjoys teaching and singing. The classes found a natural closure with the weekly Sunday concert that the school organises. In this Sunday concerts, several advanced students share their love for sound, singing and classical Indian music. During the concert, about 20 of us sat on the floor with our eyes closed, enjoying the sound of Sufi songs, the harmonium, the tabla and the zitar.

Something I am beginning to understand is that experience is always with me, and not somewhere else, like I sometimes feel. Often, I long for things that are not here, to be somewhere else, to eat something else or be with someone else. I seem to want to do and do, more and more, without realising that there is no other better place or moment than here and now. This, which may sound so logical and simple, is an incredibly difficult challenge for me. I think that learning to flow means bringing it all down one or two gears, walk slower, savour things better, let go of expectations and ideas of perfection, surrender to life, open up to possibilities, be kinder… a little bit of everything, it seems!

From the time in Rishikesh, I will cherish the pink orange golden light in the evenings, the sweet and welcoming people we met and the feeling of being at home. Next destination: south, beach and warmth!